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TEXTOS SOBRE LA EXPERIENCIA

Martina Gramoso

 

Creían que después de la extinción no habría nada. Un espacio muerto. Vacío. Y eso daba miedo. La muerte asusta porque es incierta, no es posible saberla. 

Resulta que después de la extinción lo que quedaba era una mesa. Larga como ella sola. 

Claro que llegar a la mesa implicaba una serie de desafíos, porque es sabido que lo bueno se hace desear, o al menos eso dicen por ahí (permítanme poner en cuestión lo dicho).

La cosa es que para llegar a la susodicha mesa primero había que pasar por el viejo pozo de un aljibe desenterrado; escarbar con las manos los restos de tierra que revestían las paredes llenitas de humedad; cruzarse con algún animal randómico de cuatro, tres, dos patas según tocara (incluso los había sin pata alguna, arrastrándose con frenesí por toda superficie disponible); dejarse acariciar por helechos desorbitantes de un verde intenso nunca visto, tan no visto que hasta se discutió si debía llamarse verde o ser nombrado con una palabra igual de novedosa -esto llevó a otros intercambios sobre si la palabra es lo mismo que la cosa, si el lenguaje describe o crea realidades, pero se concluyó que todo aquello era de una intelectualización absurdamente innecesaria en aquel momento-; para finalmente encontrarse con un grupo de seres bípedos y parlantes, dispuestxs en ronda bajo la lluvia. Esto de la lluvia ya era una experiencia extraña: mojaba sin mojar. 

Cuestión que esta grupalidad de camisas, floreadas en su mayoría, daba inicio a un ritual colectivo que seguido por el canto de un pájaro, invitaba a pasar el umbral. Un barrio de túneles con olor a cama destendida el domingo por la mañana. Aunque pensándolo bien, era un domingo por la tarde, pero bueno, la memoria asocia caprichosamente lo que se le canta. Es curioso haber terminado la frase anterior evocando el canto, porque eso es justamente lo que empezó a escucharse a lo lejos. Primero indescifrable, solo lo necesario para alimentar la curiosidad y el deseo de continuar avanzando. Las voces que atravesaban las paredes-sábanas sonaban como un eco de otro tiempo. La grupalidad convocante avanzaba junto a la grupalidad convocada, asegurando el camino. Un aumento considerable de la luz auguraba el fin de aquel túnel de túneles, o al menos la llegada a un nuevo lugar. Dicho y hecho. Una bóveda de ladrillos inmensos quedó al descubierto -más tarde alguien diría que las paredes abrazan-. En el centro la mesa larga como ella sola. Y en la mesa la Edad Dorada jugando a la lotería. Edad Dorada (así con nombre y apellido) era un cuerpo de muchos cuerpos. Una parte se encargaba de agitar el bolillero y cantar los números. Otras de comentar los números que salían. Otras de comentar los comentarios. Y todo así: risas contagiantes, complicidades, picardía. Ese gran cuerpo de cuerpos parecía estar flotando en el tiempo. No era posible adivinar cuándo había comenzado el juego ni saber con certeza si terminaría. Aquella mesa larga como ella sola era una fiesta. Alrededor la grupalidad de camisas floreadas en su mayoría, bailaba al ritmo de los números cantados. 

Lo que sucedió después es una mezcla de piezas desordenadas que se entrelazan, componiendo un puzzle que parece tener un sinfín de posibilidades. Y, por supuesto, se vuelve más difícil de relatar: 

Un tentáculo de sábana recubre la mesa larga como ella sola, sobre la que se despliegan cartones de lotería, fichas con números y diversos objetos que son intercambiados a modo de premios. Una paloma blanca asoma su cabeza por un bolsillo. Tiene 24 años y nació ahí mismito. Locataria y ferviente hincha de Rampla, la paloma, no para de alentar a su equipo a viva voz. Otras voces gritan "del Cerro somos todxs" a la vez que gesticulan y se mueven por el espacio-cueva hecho de sábanas de domingo. Aparecen herraduras-amuletos de la buena suerte y bolsas de té. Alguien propone ir al cine y alguien convida con flores de macachines para alimentar el cuerpo. Una voz emocionada emociona a todas las demás. “Se llevaron los bombones, se llevaron todo", dice alguien entre risas. Alguien anuncia que no es yeta mientras otra insinúa que su madre no debe pensar lo mismo. Mientras tanto el cuerpo de barrio crece y se robustece desafiando la frontera sobre la que se gesta. Alguna lágrima que otra rueda hasta el suelo. Nadie sabe cuándo termina el juego y quizás no haga falta saberlo. La alegría de jugar es total. 

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Emiliano Russo
 

Cuerpo de barro el del barrio.

Un cuerpo que, con el paso de los años, se va moldeando incesantemente.

¿De dónde vienes? ¿Hacia dónde vas?

¿Qué nos dicen las marcas en tu piel? ¿Cuáles son tus recovecos? ¿Cómo conocer tus múltiples relatos?

De entre todas las formas posibles, retornar al útero para escuchar atentamente.

Acceder delicadamente para poder percibir el eco (¿es el eco del mar, de la tierra...?).

Ronda de mujeres para dar pasaje a los afectos. Voces, risas, lágrimas.

Un abrazo colectivo que nos abraza en la danza. Así, con estos cuerpos de barro que fueron y son y dejarán de ser.

Calles, pájaros, adoquines, cines, plazas, casas, canchas, libros, personas... Todo te da forma; todo te trans-forma.

Cuerpo de barrio atravesado por el miedo, el deseo, la sorpresa. Con un corazón que no cesa de latir.

¿Qué te mueve? ¿Qué te con-mueve? ¿Quién escribe tu(s) historia(s)? ¿Quién contará tu(s) historia(s)?

 

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Violeta Cazéres

 

Sentidos los encuentros, las conexiones, los puentes, el arte. Florece el cuerpo de barrio.

Hay deseos de tender puentes, de descubrir lo enterrado, de desenterrar lo olvidado, de cuidar lo construido, de deconstruir el miedo, de enlazar fortalezas amorosas…  

Una historia de tunel profundo de piedras pasadas por arriba que se vuelven de aire en la voz del relato. Ventila las sábanas, ablanda los límites de nuevos túneles que son un pasadizo a la intimidad de la amistad colectiva. La unión de amigas que se juntan a sostenerse y compartirse la vida. Cuentan que se ríen, que charlan, que hacen manualidades, que también lloran. Cuentan que nadie es tan débil como para no poder ayudar y que nadie es tan fuerte como para no necesitar ayuda. 

Hay juegos que se conectan con juegos. Es una danza de conexión tentacular. 

Hay una escucha expandida que origina una danza desde la profundidad de unas ideas vueltas cuerpos. Cuerpos que se escuchan entre sí en un imaginario de tentáculos animales que salen como antenas de sus manos y de todas ellas al espacio. Comparten la creación como si todo lo que han hecho se vuelve intimidad de un abrazo a cada persona del público.

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