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TEXTOS SOBRE LA EXPERIENCIA

Agustin Lucas

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Estoy sentado en la Plaza Matriz cuando una ballena pasa nadando a la altura de mi cabeza. La veo irse y venir entre las algas y las corrientes. Es como si buscara algo y por momentos ruego que no sea a mí. Me mimetizo entre los restos del mar. Siento que ese monstruo se acerca pero yo soy el monstruo. La ballena nada por lo que vendrá, surca batallas e invasiones. Un día la mataremos para siempre, con el simple horizonte de persistir.

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Es necesario que algo o alguien rompa tu cotidianidad de alguna forma. Porque si no se rompe te rompe por dentro de a poco. La cotidianidad es el ruido del dentista o el olor del hospital. Esa cosa nauseabunda. Rica como la nafta. En el teatro viejo hay alguien tiritando de frío abrazada a un hueso de ballena ¿Cuánto tiempo pasó? A ese hueso de ballena que va y viene lo encontramos bajo la Iglesia Matriz una vez que rompimos todo.

 

Estoy sentado en mi cotidianidad y Montevideo va y viene como un monstruo ¿Qué pensaban de nosotros quienes estaban antes? ¿Pensarían que fumaríamos frente a la Iglesia mirando ballenas pasar? ¿Pensarían que dormirían en sus escalones los hombres más pobres, las mujeres más pobres, las personas olvidadas? ¿O pensaban que Dios era un monstruo que iría y vendría como una ballena entre el estado y el pueblo? ¿O qué pensaban de Dios y los monstruos?

 

Hay dos mujeres cargando un hueso de ballena por la Ciudad Vieja de Montevideo como si fuera un cachorro cubierto del invierno. Como si fuera un perro maltrecho por un auto. Como si fuera un hombre maltrecho por la Iglesia, o como si fuera gente que duerme afuera. La cotidianidad de dormir afuera no tiene metáforas.

 

Las ballenas ya no flotan encima de nuestras cabezas, hay unas extintas, y hay otras que nadan en las profundidades donde hay otras ciudades que aún no piensan en la cotidianidad ni en las ciudades. Quizás las ballenas vuelvan algún día. Después de la extinción es antes de alguna otra ¿Cómo se rompe la cotidianidad de extinguirse? Supongo que estamos en peligro.

 

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Andrea Ghiusolfi

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El viento no me deja pensar más que en la curva del aire que se mueve y me mueve cada vez

 

ventilar para estar cerca, pero cuando las memorias de aire se me vuelan y se pierden frías, qué frías, congelándose en el camino hacia algún cambio de presión, solo pienso en azoteas y mares.

 

quiero saber más sobre este lugar.

quiero saber más sobre todos los lugares que soy.

 

estuario cercano

islote de barro

 

cayo de plumas

archipiélago de mugre

 

en el nombre de las ballenas los hombres trabajan el agua,

sobre el viento extraen lo que vuelva en forma de falso tesoro moderno promesa de sangre injuria de los huesos las noches tranquis son sueños de viento y otros hombres pasan luego de la pesca la velocidad del aire me trae sus aromas y ahora sí recuerdo al recuerdo de la escollera de la infancia en cañas eternas y caminatas oscuras de pretiles musgosos que tan lejos parecían, pero qué cerca estaban las bocinas y la crisis.

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un tango portuario de nostalgias y naufragios se asoma porque no paramos la marcha para saludarnos y las piernas se nos enredan como ya saben que sabemos andar sin parar

 

el agua como recurso, también, literario. y que la gentrificación no te agarre desprevenido

 

ni damián ni sus perros, ni su gato, están enajenados

enajenarse se enajena una propiedad

ahora ya lo sabés

 

mika es mi flecha y se abre ante el paredón,

un tridente la acompaña

damián es marinero

y un tridente es una llave

 

la uruguayés de la que somos capaces es un boomerang con punta de flecha que nos devuelve los latidos

 

la identidad de esta crisis es un desbarajuste cordial que nos hiela la saliva.

pero, si la ventana es un espejo baja verdades,

¿somos una verdad a merced de la gravedad?

 

a la hora justa del solsticio de solarium lo presenciamos;

otro peso grave va a decir lo que sentimos y lo que vamos a sentir y lo que no.

justo en lo que no nos detenemos a

acariciar lo que lloramos

y acurrucar lo que tenemos

 

quiero saber más sobre este lugar

quiero saber más sobre todos los lugares que soy

 

suena el río adentro mío

y podría ser un útero profanador de fortunas o instituciones

 

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​

Luciana Bindritsch Aguiar

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Un hueso de ballena y yo.

Un hueso de ballena y yo en la calle.

Una hemimandibula de ballena y yo abrazadas enfrente a un teatro en una ciudad de un país en la punta de un continente.

 

Esta escena no se si la soñé o la invente.

 

Trasladamos el hueso entre al menos dos personas, es pesado, lo colocamos sobre una superficie acolchonada para que no se casque.

Es un hueso que nos prestó el @mnhn y es parte de su colección, lo cuido, lo cuidamos.

Las señoras pitucas que van al teatro dicen que esto no es arte, yo pienso lo mismo, no es arte es ciencia, evolución. Hace 6.000 años todo esto estaba bajo agua y las ballenas flotaban regocijadas en su grasa acumulada bajo sus tejidos.

 

Voy por la vida preguntando ¿Que les gustaría saber sobre las ballenas?

Hablar sobre ballenas me emociona, porque son infinitas y misteriosas y gigantes. Animales enormes que habitan y evolucionan hace millones de años esta tierra y agua y encima nos dejan huesos escondidos bajo construcciones edilicias.

Nos dan, nos dan, nos dan y no nos piden nada o si pero no entendemos porque es demasiado lo que necesitamos comprender para ver las fuerzas invisibles que nos conectan.

 

Si no salieran a respirar no sabríamos que existen.

Si no anduvieramos arrasando con el pescado no sabríamos que existen.

Si no miraramos el mar no sabríamos que existen.

 

Por nuestras costas todos los años pasan las ballenas Francas Australes, ahora mismo están pasando, van rumbo a la Patagonia a instalarse en Puerto Pirámides para luego ir a la Antártida y volver a Australia y Portugal y Brasil y de nuevo Uruguay, acá en la punta del continente.

 

Me acuesto en la punta del continente a esperarlas abrazada a una hemimandibula, las espero.

 

Deseo que encuentren alimento suficiente, que no se crucen con barcos, que las gaviotas las dejen en paz y los drones no sobrevuelen sus cabezas.

 

Deseo poder esperarlas acostada frente a un mar en el que emerjan sus chorros, deseo que sobrevivan a les humanes y sus vidas plásticas, deseo que puedan seguir usando la misma ruta migratoria y si no es así deseo que todes seamos ballenas.

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Eloísa Avoletta

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después de Después de la extinción

 

El frío nos hace sentir los huesos. Los desentierra.

Nos tanteamos la mandíbula. Hay árboles, acá nomás, con la corteza tan finita que se forman pliegues como de piel. Hay personas con la piel tan finita que se le ven las venas. La ciudad se funde en un montón de hojas juntadas por el azar y las decisiones, de dónde vienen las decisiones? La ciudad es un mapa lleno de borrones y líneas en lápiz, provisorias. Igual, el lápiz se queda, en el fondo, ese gris insistente, el hueso que habla. 

Las guías se van pasando la posta y nos sumergen, de a una, en su dibujo. Hay algo en todas estas historias que nos silba un trocito de la historia, la grande, la chiquita. Cuál es cuál? Me siento expandida. En una galería reinventada con cuidado y por placer, por curiosidad. De pronto, nos envuelve un espacio de juego, de creación, de escucha, de descanso. Veo mis viejas sábanas de flores amarillas y fondo celeste, o me parece verlas. Las mismas a los 7 y a los 13. La cuerda de ropa y el viento un sábado. Me parece verme corriendo ese túnel, me parece…

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